Poética del recuerdo en El polvo de los muertos
















 






"Por eso no hay humillación, por grande que sea, a la que no debamos resignarnos fácilmente, sabiendo que, al cabo de unos años, nuestras enterradas faltas no serán ya más que un polvo invisible sobre el que sonreirá la paz jocunda y florida de la naturaleza."

Marcel Proust (El tiempo recobrado).



El verdadero cementerio es la memoria, afirmó Rodolfo Walsh, y esa frase se puede aplicar a El polvo de los muertos, la nueva obra de Norberto José Olivar. En esta novela el autor recrea, poco a poco y sin aspavientos, una alegoría de la memoria como un cementerio en el que cada personaje guarda el recuerdo de sus seres queridos, de los amigos y de aquellos que no conoció, pero que admira o ha admirado, incluso, a través de las brumas de la distancia. Este es el caso de Alexander Marion Projarov, quien una mañana particularmente extraña en Maracaibo emprende un recorrido por la memoria, a partir de un episodio que abre la esclusa donde permanecen los recuerdos de sus amigos muertos. Projarov recorre la ciudad, y esta especie de viaje no deja de recordar la marcha que hacen todos los héroes para enfrentar a un enemigo, encontrarse a sí mismo, o morir en el desencuentro. 

Projarov se internaliza en las sinuosidades de la memoria, y manifiesta el singular miedo que siente hacia el olvido, zona en la que todos los recuerdos se disuelven y ocurre la verdadera muerte, la eterna, la desmemoria absoluta. Norberto José Olivar, con la maestría y el humor negro que caracterizan su trabajo literario, va imbricando temas que confieren una dimensión con muchas aristas a El polvo de los muertos. Así, en medio de la narración presenciamos como una mano invisible teje una telaraña oscura, densa, en cuyo centro quedará atrapada por siempre la memoria, como un insecto desvalido. 

Projarov, debo decirlo, es sospechoso. Puede ser un espía, un criminal o ambas cosas, pero también es un orfebre de reminiscencias, un tanto luctuoso, es verdad, sin embargo, conoce bien la fugacidad del tiempo y de la vida. Quizá por eso emprende su viaje hacia atrás y se remonta al momento en que llega a Venezuela, desde ese instante el tiempo se transforma en un carrusel loco que gira en sentido contrario, de pronto se compone e inicia de nuevo su marcha hacia adelante, pero ya no hay tiempo y se detiene de sopetón. 

Los tránsitos subterráneos de muertos convocados por algunos médiums, desembocan en un secreto comercio con el más allá donde el espionaje pudiera ser el más beneficiado. No obstante, el escepticismo de Projarov nos obliga a mantenernos al margen de trucos, sesiones y otros eventos tétricos que, por purísimo azar, algunas veces culminan en situaciones hilarantes, como la invasión de los zamuros. No puedo dejar de mencionar la correspondencia de miles de personas, quizá todas fallecidas, que constituyen el proyecto de vida de Projarov, el guardián de la memoria, el último rastreador de recuerdos. 

El personaje recorre la ciudad de Maracaibo un día que amaneció cubierta por una extraña bruma, este detalle recuerda aquella Ciudad irreal, bajo la parda niebla, de T.S. Eliot, aunque también pudiera ser la espectral Comala de Juan Rulfo con sus espíritus inquietos y parlanchines. No obstante la actividad larvada de los difuntos, El polvo de los muertos, está constantemente amenazado por el olvido, por la acción del tiempo inmarcesible, por eso Projarov lo enfrenta, y durante años va conformando una poética del recuerdo que convalida con los artificios de sus propias ficciones. 

La ciudad afantasmada, acaso por la misma niebla de la memoria, es el escenario por el que deambulan Projarov y sus pocos amigos rastreando las huellas de un crimen. Sin embargo, la atmósfera sombría remite a la soledad del personaje, teñida de nostalgia por un tiempo del que solo quedan restos deleznables. Él mismo es una imagen de la decadencia, un testimonio de la existencia efímera del hombre, la ironía del que busca al mismo tiempo que es buscado, del que espía mientras alguien lo observa desde un recoveco inadvertido. 

Norberto José Olivar teje magistralmente cada acción, y articula su discurso con la belleza estilística que da cuenta del trabajo profundo y la conciencia del lenguaje imprescindibles en el oficio de escritor. Valiéndose de licencias y recursos expresivos muy bien equilibrados, transmuta causas y consecuencias en El polvo de los muertos, de esta manera lo insignificante se convierte en asombroso mediante la ironía, por ejemplo, en el juego entre detectives y sospechosos, se invierten los polos del discurso que confluyen en un caos lúdico, en la risa como recurso para transgredir la norma inquebrantable del tiempo. Y no aburrirse.

Lesbia Quintero
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