Siluetas de la Crónica


“Hay tiempos que parecen espejismos. Así lo siento al recordar las tardes neblinosas de este pueblo, que apenas guarda hoy los indicios de un ayer como aquel que me tocó vivir: confiado en la intensidad de una juventud que nunca se interrogaba por sus excesos, y de una existencia que se perdonaba cualquier extravío, porque se sentía segura de su condición”. Con esta confesión César Gedler inicia su libro Tren sin Retorno. Texto con una estructura fragmentada que remite a la idea de dispersión, huida y derrota. Simbólicamente también se puede entender como una mirada sobre los pequeños trozos que han quedado de una ciudad, pedazos que la memoria porfiada se empeña en recoger y pegar como si fuera un rompecabezas. Cada fragmento es una crónica que cuenta la historia de vidas, de lugares, de sueños.

La crónica es una narración literaria que va recogiendo los hechos que conforman la historia, en el campo de la literatura es considerada un subgénero literario, porque si bien es cierto que ésta presenta hechos fundamentalmente reales, o verosímiles, al pasar al espacio escritural son ficcionalizados porque ya no pertenecen al terreno de lo empírico, sino a universos recreados por un cronista. Es en este ámbito donde se inscriben los trabajo más recientes de César Gedler, quien, sin ánimos de realizar un estudio sistemático sobre la historia de Los Teques, va trazando líneas que poco a poco conforman la arqueología espiritual de ese pueblo que hoy lucha contra la indiferencia de sus habitantes.

Tren sin Retorno da cuenta de personajes, lugares y rastros que dejaron huellas inquebrantables que el progreso no ha podido deshacer. César Gedler reencuentra memorias que plasma en estas crónicas. Desde una perspectiva lúcida, analítica y crítica, este autor va relatando una serie de acontecimientos que transformaron a un pequeño pueblo en un territorio atomizado por una cultura globalizada. Mediante una prosa llena de lirismos, von Gedler recuerda las expresiones ricas en significados que utilizaban los viejos pueblerinos para nombrar la vida cotidiana. Estos indicios del discurso conducen a otra noción latente en estas crónicas, específicamente un factor particular en el discurso que va desplegando: la violencia.

En Tren sin retorno, el autor nos muestra una situación de violencia muy singular, porque no es propiciada por los personajes que él nos presenta, sino por una irrupción de la alteridad: el progreso que, paradójicamente, va destruyendo todos los espacios de Los Teques poco a poco, como nos cuenta el escritor: “la calle Lilue, con tanta belleza en sus fachadas que hace imperdonable su demolición y su olvido”. El cronista retrata de manera magistral las situaciones donde la violencia no sólo es un contenido conceptual dentro de la obra, sino también el espectáculo siniestro que se ofrece en el mundo fáctico.

César Gedler explora cada rincón de Los Teques, hurgando en la historia de esos espacios que él transforma en personajes porque ese pequeño pueblo es el verdadero protagonista de su trabajo literario. En cada capítulo que el autor de Tren sin Retorno dedica a un hecho, personaje o lugar determinado, percibimos cómo esa violencia larvada trata de justificarse en la ideología del progreso. Cada gobernante ha querido aportar mejoras y, mediante un aparato burocrático asentado en un orden que lo legitima, ha menguado el alma de la ciudad dejando “el presentimiento de un apocalipsis inevitable contra la belleza y el espíritu”.

La violencia se convierte en el medio por excelencia para conseguir el supuesto bienestar que brinda el progreso, ese “fanal oscuro” al que tanto temía el poeta Charles Baudelaire. El trabajo literario de Gedler nos muestra que el progreso no es más que una producción de mercancías, de bienes vendibles, en palabras del autor: “Ahora la raza de los mercaderes decide nuestro modo de vivir y sus gustos sustituyen la inspiración de aquellos días”.

La sociedad que muestra estas crónicas representan una estructura de producción comercial, en la que el poder político y económico fueron desterrando al pueblo acogedor y tranquilo, dejando en su lugar una ciudad donde “la basura tiene vida propia”, y duerme su pesadilla en medio de la rutina comercial y el tedio que provocan las calles atestadas de carros e inmundicia, el clima sofocante que sustituyó la maravillosa atmósfera que hizo de Los Teques una ciudad propicia, no sólo para descansar y recuperar la salud, sino también para un refugio para poetas y bohemios que llegaron a llamarla “la pequeña Suiza”.

El autor asume su narración desde la primera persona, y va desenvolviendo la trama de cada historia, de cada recuerdo, de reminiscencias que tropiezan en la soledad de las noches urbanas, ya sin los cafetines de antaño, sin sus bares, sin las plazas, sin un rincón seguro para conversar. César Gedler confiesa que esos acontecimientos que transformaron a Los Teques, la indolencia de las autoridades y la nostalgia, entre otros factores, lo instaron a escribir Tren sin Retorno. Von Gedler describe lugares arrasados por el espectáculo progresista, su palabra se dilata en remembranzas y juega cuando habla de personajes que aún están vivos y pueden dar cuenta del pasado, del naufragio de la Casa de doña Dionisia, de la Villa Paz del Valle, de Villa Teola, de los parques; de la muerte de la india Rosa, del Australiano, del Tío Anicasio, y del padre Luis Igartua, el cura de los pobres.

En las reflexiones de Gedler se percibe el tono existencialistas, este escritor muestra la dimensión humana de cada espacio, de cada personaje y nos permite vislumbrar el mundo de ilusiones y sueños en los que se afinca la existencia. Sin embargo, no olvida otros elementos representados por el dinero, el poder que detentan las autoridades con su carga burocrática, las pasiones, el miedo, la violencia, y la ideología que se patentizan en cada puesta en escena de ese pueblo abandonado a su suerte.

El autor a través de su obra nos muestra cómo se genera una situación de violencia, que representada por sus personajes nos invita a la reflexión, a replantearnos nuestra realidad y situación dentro de una sociedad que considera la violencia como una alteridad, y por tanto la condena, pero al mismo tiempo hace un uso arbitrario y desmedido de la misma. Si las vivencias extremas de una comunidad determinada no queda asentada por la historia, o cualquier otra manifestación capaz de plasmar en toda su expresión hechos que conforman una época y conmocionan a esa sociedad, al mismo tiempo que la dota de un carácter único, personal, ¿cómo se puede establecer una diferenciación con otras épocas, ciudades, condiciones, evolución, calidad de vida de sus integrantes, luchas, creencias, y sobre todo, el criterio para discernir y elegir con todo el privilegio que es inherente al ser humano?

En Tren sin Retorno, von Gedler trata la violencia como un acontecimiento ligado a la contingencia, como algo que no se puede evitar, la misma sociedad es víctima de la violencia que practica sin percatarse de la transformación en victimarios, porque la realizan en medio de la desidia y la apatía. En esta situación se violenta el derecho del otro, pero nadie tiene conciencia de ello, se obedece a viejos patrones instaurados por el poder político y económico que han implando una forma de vida que rinde tributo al fetichismo urbanístico y mercantilista.

Tren sin Retorno no es una crónica novelada, no pertenece al ámbito de la invención literaria, es un testimonio que denuncia la destrucción, no sólo de un pueblo, sino del ideario colectivo de miles de personas que añoran vivir en un lugar mejor. Gedler, desde las páginas de sus crónicas reclama una justicia que reivindique al pueblo que tanto daño ha recibido. El autor no propone una vuelta atrás, sino un viraje que proporcione una toma conciencia respecto al entorno donde habitamos.

El encuentro con esos espacios que pueblan la obra de César Gedler, nos proporciona el territorio ideal para que el contenido psíquico se exprese a sí mismo libremente, buscándonos en las instancias del pensamiento y la reflexión que pueden modificar el devenir de nuestra ciudad.
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